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Bach AM 2010 Cap.1

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Las voces de la experiencia

El viraje de la filosofía feminista


ANA MARÍA BACH

Las voces de la experiencia


El viraje de la filosofía feminista

Editorial Biblos
Bach, Ana María
Las voces de la experiencia: el viraje de la filosofía
feminista. - 1a. ed. - Buenos Aires: Biblos, 2010.
174 pp.; 23 x 16 cm.

ISBN 978-950-786-794-1

1. Filosofía. I. Título
CDD 190

Diseño de tapa: Luciano Tirabassi U.


Ilustración: Mercedes Naveiro, ¡Basta!, técnica mixta sobre tela sin bastidor, 49 x
115 cm, 2005. www.mercedesnaveiro.com.ar
Armado: Hernán Díaz

© Ana María Bach, 2010


© Editorial Biblos, 2010
Pasaje José M. Giuffra 318, C1064ADD Buenos Aires
info@editorialbiblos.com / www.editorialbiblos.com
Hecho el depósito que dispone la Ley 11.723
Impreso en la Argentina

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la


transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecáni-
co, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor.
Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Esta primera edición


fue impresa en Primera Clase,
California 1231, Buenos Aires,
República Argentina,
en abril de 2010.
Índice

Consideraciones introductorias .............................................................................. 9


La importancia de los relatos biobliográficos .............................................................. 12
Cómo leer este libro ...................................................................................................... 16

Capítulo 1
Experiencias: ¿mías, nuestras…? Experiencia y subjetividad ....................... 19
Acerca del concepto de experiencia .............................................................................. 19
La experiencia de la autoconciencia o devenir feminista ........................................... 28
Sandra Lee Bartky y la conciencia feminista .............................................................. 29
Experiencia y subjetividad ........................................................................................... 33
Teresa de Lauretis y la importancia de la semiótica ................................................... 33

Capítulo 2
Estrategias de lucha por la palabra: experiencia y política ........................... 41
Experiencia, teoría y márgenes ................................................................................... 42
bell hooks y el sentido de actuar en los márgenes ...................................................... 45
Hablar en lenguas ........................................................................................................ 51
Gloria Evangelina Anzaldúa y la rebeldía a partir del lenguaje ............................... 52
María Cristina Lugones y los peregrinajes ................................................................ 54
Experiencia y poscolonialismo ..................................................................................... 57
Chandra Talpade Mohanty y el feminismo sin fronteras ........................................... 58

Capítulo 3
Un giro de 180 grados: experiencia y conocimiento ......................................... 63
La revalorización del conocimiento cotidiano ............................................................. 64
Epistemologías feministas ........................................................................................... 69
Empirismo feminista .................................................................................................... 72
Lynn Hankinson Nelson y las comunidades epistemológicas ..................................... 73
Desde un punto de vista (standpoint) .......................................................................... 75
Dorothy Edith Smith y la conciencia bifurcada .......................................................... 76
Sandra Harding y las críticas al hablar “desde ninguna parte” ................................ 81
Patricia Hill Collins y el pensamiento “afrodescendiente” ........................................ 86
El posmodernismo feminista ........................................................................................ 92
Donna Haraway y la perspectiva parcial .................................................................... 92
Lorraine Code: un ejemplo de insuficiencia de la clasificación .................................. 97

Capítulo 4
Cuando no hay palabras: experiencia y lenguaje ........................................... 105
Joan Wallach Scott: la experiencia como evento lingüístico .................................... 105
La fenomenología feminista responde ....................................................................... 111
Iris Marion Young y la experiencia como contexto y acción ..................................... 111
Linda Martin Alcoff y cómo hablar de lo inarticulable ............................................ 114

Atando cabos
Algunas conclusiones ............................................................................................. 121

Apéndices
Del activismo a la universidad: los feminismos en el contexto
estadounidense ...................................................................................................... 133
Razones y sinrazones de los “post” ............................................................................ 143
Eso que llamamos patriarcado ................................................................................... 149
Biobibliografías: vidas y teorías ................................................................................. 155

Referencias bibliográficas .................................................................................... 167


Consideraciones introductorias

Los llamados “estudios culturales” que emergieron hacia mediados del si-
glo XX fueron configurando un campo de estudio cuyas consecuencias, entre
otras, consistieron en romper las barreras planteadas por las disciplinas tra-
dicionales y desdibujar los límites entre las humanidades y las ciencias socia-
les, constituyendo un área común de conocimiento que contribuye a redefinir
los ámbitos disciplinares. Fredric Jameson afirma que surgieron “como resul-
tado de la insatisfacción de otras disciplinas, no sólo por sus contenidos sino
por sus muchas limitaciones” y, en tal sentido, son posdisciplinarios (Jameson,
1998: 72). Según el informe de la Comisión Gulbenkian para la Reestructura-
ción de las Ciencias Sociales, el desafío de los estudios culturales incluiría tres
temas principales:

Los tres temas que se han conjuntado en los estudios culturales son:
primero, la importancia central, para el estudio de los sistemas sociales
históricos, de los estudios de género y todos los tipos de estudios “no euro-
céntricos”; segundo, la importancia del análisis histórico local, muy ubi-
cado, que muchos asocian con una nueva “actitud hermenéutica”; terce-
ro, la estimación de los valores asociados con las realizaciones tecnológi-
cas y su relación con otros valores. (Wallerstein, 1996: 71)

Los estudios de género conforman un campo transdisciplinar en los que


carece de sentido referirse a la separación tradicional entre filosofía, humani-
dades y ciencias sociales.
Uno de los objetivos al que contribuyeron las teorías feministas ha sido la
distinción de formas locales de conocimiento con una propuesta epistemológi-
ca alternativa que plantea nuevos sentidos a la pregunta sobre qué se conside-
ra conocimiento y que ha contribuido a la resignificación de la objetividad y de
otras categorías centrales para la filosofía feminista y las ciencias sociales,
como la de experiencia. Acerca de la experiencia, en tanto concepto nodal, y su
elucidación por teóricas provenientes de los feminismos, gira esta publicación.
[9]
10 ANA MARÍA BACH

Que la experiencia es sexuada es uno de los aportes del feminismo, pero el


reconocimiento desde las prácticas respecto de formas distintas de conocer,
que surgen de experiencias diferentes que contribuyen a la construcción de las
subjetividades, partió de trabajos como los de Carol Gilligan, quien concluyó
que los dilemas morales que planteara Lawrence Kohlberg1 surgían de res-
ponsabilidades en conflicto en lugar de proceder de derechos competitivos como
los de la propiedad o la vida. Gilligan (1982) sostiene que la resolución de los
dilemas para las mujeres exige un modo de pensar contextual y narrativo,
según aparecía en sus respuestas, en lugar del formal y abstracto preferido
por los varones. En estos y otros trabajos se toma como punto de partida que
las experiencias son distintas para los sujetos según sean mujeres o varones
porque sus lugares sociales son otros además de ser diferentemente valorados.
La relación en nuestros modelos de género es una relación cruzada por el po-
der, donde hay jerarquías y, por lo tanto, la experiencia de mujer es la que
puede tenerse desde un lugar subordinado.
Los trabajos de Gilligan mostraron no sólo que varones y mujeres tenemos
distintos tipos de experiencias, sino que también denunciaron serios sesgos
sexistas metodológicos ya que, por ejemplo, la selección de la muestra de estu-
dio que tomó Kohlberg estaba compuesta únicamente por varones.
En el campo del feminismo se produjo una suerte de explosión de la teori-
zación académica y política desde mediados de la década de 1970 hasta el fin
del siglo pasado. De esta amplia producción de la teoría feminista, tanto euro-
pea como norteamericana, he efectuado un recorte para considerar sólo el pen-
samiento relativamente reciente, y por ello menos analizado, de algunas teóri-
cas norteamericanas2 de gran influencia a partir desde las décadas de 1980 y
1990. La década de 1980 es tomada como la época de la institucionalización
del feminismo, debido a que en las distintas universidades comenzaron a con-
solidarse los programas y los departamentos dedicados a los “estudios de las
mujeres” (Women’s Studies). La producción teórica también aumentó conside-
rablemente cuando, además de hacer análisis centrados en las perspectiva de
las mujeres blancas, heterosexuales, de clase media, se comenzó a dar cabida
a una multiplicidad de diferencias entre las mujeres, como las que surgen de

1. Lawrence Kohlberg (1927-1987) fue un psicólogo estadounidense, que se doctoró en filosofía en


Chicago. En 1958 presentó su tesis doctoral acerca del desarrollo del juicio moral. En 1968 se
incorporó a la Universidad de Harvard, donde llevó a cabo la parte más importante de su reflexión
acerca del desarrollo moral y permaneció hasta 1987. Fue discípulo de Jean Piaget y aplicó la idea
del desarrollo evolutivo de la inteligencia al juicio moral. Supuso que los razonamientos que fun-
damentan los juicios morales siguen esquemas universales de razonamiento y que se evoluciona
de esquemas más infantiles y egocéntricos a esquemas más maduros y altruistas.
2. Aun cuando hablo de “norteamericanas” porque incluyo a autoras canadienses como Lorraine
Code y Dorothy Smith, cuyas posiciones muestran significativas diferencias con respecto a sus
colegas, no voy a referirme a la producción de las feministas mexicanas, con excepción de las que
han desarrollado su teoría en Estados Unidos.
CONSIDERACIONES INTRODUCTORIAS 11

la edad, la adscripción étnica, las clases sociales, la orientación sexual, entre


tantas otras. Este movimiento fue promovido por las llamadas tercermundis-
tas, las womanists,3 las mujeres de color,4 las feministas negras y las lesbia-
nas, quienes criticaron con vehemencia el monopolio del feminismo de las White
Anglo-Saxon Protestants (WASP) y produjeron una variada obra teórica desde
la situación particular del grupo al que pertenecían. Asimismo, se pasó de la
crítica del sexismo, detectado en el discurso androcéntrico de teorías elabora-
das en diversos campos del conocimiento, a la producción de las propias femi-
nistas. Suele considerarse que esta vuelta de la mirada crítica hacia la propia
producción constituye el comienzo de la teoría feminista. Se citan como obras
que marcan este giro las famosas antologías This Bridge Called My Back com-
pilada por Cherríe Moraga y Gloria Anzaldúa, publicada en 1981, y All the
Women Are White, All the Blacks Are Men, but Some of Us Are Brave de Gloria
T. Hull, Patricia Bell Scott y Barbara Smith, editada en 1982 (Moraga y An-
zaldúa, 1983).
Por esa misma época también se comenzó a debatir si había o no una esci-
sión entre la teoría y la práctica, dos conceptos claves y complejos, no sólo para
el feminismo sino para todo el pensamiento occidental. Por ejemplo, en un
sentido, algunas activistas consideraron que el hacer teoría feminista no era
equivalente a ser “feminista”, reservando ese nombre sólo para quienes parti-
cipaban activamente en los movimientos sociales feministas. En tal sentido,
Sandra Harding comentaba en una entrevista realizada en 2002 que, si bien
trabajando desde la universidad se discuten políticas, no es éste el objetivo de
quienes se desempeñan en el ámbito universitario. Reconoce que el hecho
de enseñar sobre los temas feministas es ya una forma de hacer política, pero
afirma que no se sigue de él, ni es común, el trabajo con movimientos sociales,
aun cuando algunas de las profesoras puedan mantener lazos de colaboración
con los sindicatos o se dediquen a las políticas laborales (Domínguez Mom,
2004).

3. Alice Walker (1983) acuñó este término y afirmó que la mujerista (traducción que se hizo de
womanist) era a la feminista blanca como el color púrpura al lavanda. Una mujerista es una
mujer que quiere a las mujeres y aprecia la cultura y el poder femeninos como algo incorporado al
mundo como un todo, incluyendo las diferencias que el elitista feminismo blanco había dejado de
lado. Las mujeristas son feministas negras o de color y se considera que son superiores al feminis-
mo blanco. El movimiento tuvo una amplia difusión y desarrollo.
4. Es una denominación sociopolítica que se refiere a las mujeres de África, Caribe, Asia, descen-
dientes de América Latina, nativas de Estados Unidos y a quienes en las últimas décadas han
inmigrado a ese país, por ejemplo, árabes y coreanas, entre otras. Dice Cherrie Moraga (1988): “A
fines de los años 70, las mujeres de ascendencia asiática, latinoamericana, indígena norteameri-
cana y africana empezamos a reclamar el término «mujeres de color», como un término de identi-
ficación política para distinguirnos de la cultura dominante. A la vez, reconocemos nuestro esta-
tus de colonizados que compartimos con otras mujeres de color a través del mundo”. Pero aunque
consideren que las afrodescendientes están comprendidas, ellas no se sienten parte porque consi-
deran que su lucha comenzó contra la esclavitud, como lo afirman por ejemplo bell hooks o Patri-
cia Hill Collins.
12 ANA MARÍA BACH

Las palabras de Harding ratifican de alguna manera la interesante distin-


ción que traza Chandra Talpade Mohanty (2004) cuando caracteriza tres nive-
les en los que actúa la práctica feminista. El primero comprende las acciones
de la vida cotidiana, a través de las cuales se constituyen las identidades; el
segundo corresponde a la acción colectiva en grupos, sean organizaciones o
redes formadas de acuerdo con los objetivos feministas de transformación so-
cial, y el último a los niveles relacionados con las esferas de las feministas
comprometidas con la teoría, la producción de conocimiento, la pedagogía. Es
importante destacar que los niveles no expresan ningún tipo de jerarquía y
que cada una puede participar en más de uno al mismo tiempo. Admitir que al
trabajar sólo en el nivel de la teoría es ser feminista equivale a legitimar el
hecho, que se constata en múltiples ámbitos geográficos, de que puede haber
teóricas que se dediquen al tema del feminismo pero cuyo actuar cotidiano no
sea acorde con una postura feminista. Tal posibilidad sigue marcando, sin duda,
que dicotomías como teoría/praxis no han sido superadas, aun cuando figuran
como propósito manifiesto de muchas feministas. Así, trabajar en estudios de
género no equivale a ser feminista.
El ámbito de Estados Unidos de América ofrece una variada producción
académica desde distintas áreas y perspectivas teóricas. Lugar de inmigra-
ción de quienes producían influyentes teorías en la Europa continental, fue
luego convertido en uno de los territorios más cosmopolitas de intercambio
cultural, elegido como espacio de trabajo por algunas teóricas europeas de
nacimiento y/o de formación. Uno de los atractivos de las escuelas norteameri-
canas es que presentan una diversidad de estrategias de análisis desde postu-
ras teóricas diferentes, como lo son la filosofía analítica, el posestructuralis-
mo, la fenomenología, la teoría crítica o el pragmatismo, entre otras.
Pero cabe señalar que, aunque el recorte efectuado no incluya el tratamiento
en particular de las teóricas feministas del ámbito europeo, ello no quiere de-
cir que no le otorgue importancia a sus desarrollos y prácticas respecto del
tema de la experiencia como, por ejemplo, el affidamento entre las feministas
italianas, o el tratamiento que le diera el grupo editor de los Cahiers du Grief
en Francia, por citar algunos ejemplos. Sí, en cambio, se ha tenido en cuenta
la producción teórica feminista de las autoras que, provenientes de Europa, se
han establecido en Estados Unidos, como es el caso de Teresa de Lauretis.

La importancia de los relatos biobliográficos5

En una investigación dedicada a la experiencia en las teorías feministas


importan, más que en otro tipo de trabajos, las experiencias de vida de las

5. Tomé el término “biobliografía” de las filósofas italianas. Lo empleo para designar la relación
estrecha entre la obra escrita de las autoras y su vida.
CONSIDERACIONES INTRODUCTORIAS 13

autoras tratadas y la relación con la obra que produjeron. Como afirma Linda
Martin Alcoff (1999): “Ningún trabajo teórico es ajeno a la experiencia de quien
lo ha escrito” (125).
A la tendencia que afirma que lo importante es el producto, la obra escrita,
y no quien escribe, contrapongo la relevancia que reviste conocer los datos
personales de las autoras tratadas, ya que saber acerca de sus orígenes, posi-
ciones de clase, identidad/es sexual/es, formación intelectual y religiosa, ade-
más de su inserción académica, hace que comprendamos mejor su producción.
En ese sentido, dice Hannah Arendt (1993):

Sólo podemos saber quién es o era alguien conociendo la historia de la


que es su héroe, su biografía, en otras palabras; todo lo demás que sabe-
mos de él, incluyendo el trabajo que pudo haber realizado y dejado tras
de sí, sólo nos dice cómo es o era. (210)

Es que en tanto seres humanos nuestra situación está biográficamente de-


terminada: nacemos en el seno de algún tipo de conformación familiar y en un
medio social que nos transmite, a veces en forma deliberada y la mayoría de
las veces no, los saberes de la vida cotidiana. Esos saberes se corresponden con
el hecho de que vivimos en un espacio geográfico particular y en un momento
históricamente determinado, lo que delimita, en cierta medida, nuestras posi-
bilidades y modos de elección y acción. Por cierto, esto no quiere decir que no
nos quepa la posibilidad de transformar nuestro mundo. Además, como sostie-
ne Alfred Schutz (2003), nuestra situación está biográficamente determinada:
la situación actual de quien actúa tiene su historia y es la sedimentación de
todas las experiencias subjetivas anteriores, que no son experimentadas como
anónimas sino como dadas subjetivamente sólo a quien le suceden.
El concepto de situación tiene importancia en el feminismo: desde los pri-
meros tiempos de la teoría feminista, la socióloga y epistemóloga canadiense
Dorothy Smith desarrolló la idea de que hay “un punto de vista” de la mujer
desde el que se producen las interpretaciones del mundo natural y social. Quie-
nes somos sujetos cognoscentes estamos “situadas” y “situados”, y el reconoci-
miento de que se está en situación da por tierra con la idea de la supuesta y
tan buscada “objetividad” de quienes investigan.
Donna Haraway, por su parte, en el curso que desarrollara sobre “Temas
metodológicos en el estudio de las mujeres”, afirma que la lectura de la obra de
quien escribe desde un compromiso político puede ser interpretada de distin-
tas maneras según sea la postura de quien lea, porque las lecturas no surgen
naturalmente del texto sino que son producidas. Hasta las lecturas más senci-
llas de un texto están situadas sobre campos de significación y de poder. Por
ello, Haraway (1987b) procuró que quienes cursaban estudios de graduación
“leyeran de frente y de través, releyeran y reflexionaran sobre las posibles
lecturas de una autora contestada, incluidas las construcciones discursivas de
su vida en las superficies literales de las propias novelas publicadas” (199).
14 ANA MARÍA BACH

En una suerte de ubicación rápida del propio posicionamiento, desde las


autoras del punto de vista feminista, empezó a ser usual describir la propia
situación en un presente particular acerca de lo que cada una experimenta
como significativo. Tal descripción incluiría en mi caso, por ejemplo, decir que
soy una mujer argentina, porteña, casada, madre, abuela, docente de filosofía
retirada, investigadora feminista que se doctoró en la madurez, etc. Estas
imágenes no pretenden abarcar la vida de cada una sino una rápida caracteri-
zación de un estado actual.
Si bien esto no basta para comprender el sentido de lo producido por las
distintas teóricas tratadas,6 ayuda a conocer algo de su posición. Algunos tra-
zos de las biografías de quienes producen teorías en el ámbito estadounidense
generalmente se presentan o bien en las publicaciones de sus obras o en las
páginas informativas de las universidades a las que pertenecen. Abundan en
ellas las referencias a aspectos institucionales, como los lugares donde realizó
estudios superiores, los cargos que ocupó y ocupa, listados de sus principales
publicaciones y los premios obtenidos, en una suerte de cronología de vida y
biografía limitada a los aspectos profesionales. El enfoque que propongo tras-
ciende tales aspectos institucionales y profesionales, y vuelve la mirada a las
costumbres del lugar donde han crecido, las influencias del ambiente en la
época de la niñez y la adolescencia, así como también los ascendientes teóricos
que contribuyeron a la formación de quien genera y formula ciertos conoci-
mientos. Y ello, porque considero que han moldeado, en gran medida, sus for-
mas de pensar y nos permiten contextualizar los recorridos teóricos. Las na-
rraciones que vinculan aspectos de sus experiencias de vida con su producción
teórica son relatos que nos permiten acceder a su obra a partir de una mirada
posicionada que agudice la interpretación. Así, la genealogía de las teóricas
tratadas, la formación de la que provienen, las etapas por las que han pasado,
la generación a la que pertenecen, serán explicitadas, siempre que sea posible
en función de la información disponible, a los fines de comprender mejor las
elecciones teóricas que realizaron, las fuentes de sus críticas y creatividad, y
de explicar aspectos clave de sus postulaciones.7 De este modo, haré referencia
a aspectos de su vida cuando hayan sido relatados por las propias autoras y
señalaré también los casos en que no he encontrado datos directos. Interpreto

6. Debo aclarar que aunque mis planteos respecto de las biobibliografías son para las autoras
tratadas en esta publicación, no considero que valen sólo para este caso particular sino que son
significativas también para las y los intelectuales pertenecientes a cualquier ámbito.
7. Sandra Harding no adheriría a esta postura porque opina que esto es dejarle el trabajo a quien
lee. Lo que importa, para esta autora, es que cada una/o asuma su contexto críticamente y expli-
que desde donde habla, en lo que ha llamado “forma fuerte de reflexividad” (strong reflexivity)
(Hirsh y Olson, 1995). Tampoco bell hooks, que decide escribir su nombre en minúsculas porque lo
que importa es la obra y no quien la escribe… aunque las referencias autobiográficas son conti-
nuas en su producción.
CONSIDERACIONES INTRODUCTORIAS 15

que el silencio acerca de sus vidas, el solo dato de la fecha de nacimiento,


grado académico obtenido y obra escrita, indica que, aunque hayan devenido
feministas, las autoras no otorgan un lugar central a la experiencia ni toman
explícitamente como referencia la suya propia. No nos ofrecen trazos de su
vida, tal vez arraigadas en el supuesto de varias corrientes en uso8 que sostie-
ne que lo importante no son las personas sino sus ideas. De esta manera,
aunque afirmen que es importante el contexto, no declaran de sí mismas su
propia historia por no considerarla relevante, en una suerte de contradicción
interna del feminismo.
El artículo “Incongruities” de Lorraine Code (2002) es un ejemplo de biobi-
bliografía, de la importancia que tiene cuando una autora nos relata aconteci-
mientos vividos que están en conexión con su obra, al tiempo que nos habla,
por omisión, de lo inmersa que está en la sociedad de su tiempo al usar sólo el
apellido de su esposo y omitir referencia alguna al apellido paterno, aunque se
refiera a su padre en una forma que denota su vínculo positivo hacia su fami-
lia de origen. Pero no siempre es necesario que las autoras dediquen un ensa-
yo narrativo a su vida, como Code, quien lo escribiera a solicitud de su editor
(y fuera sorprendida por el pedido). En muchos casos sólo nos encontramos
con trazos de vida como partes de su obra, en otras oportunidades las huellas
aparecen entremezcladas con la exposición de ciertos temas, como marcas que
han sellado aspectos de su teoría.9
Debo aclarar que tampoco es importante que se presenten en orden crono-
lógico ni los relatos de sus vidas ni el producto de su teorizar ya que, como dice
de Lauretis (2000d), “el camino del pensamiento, como el de la vida, no es
nunca lineal sino que está hecho de vueltas, anticipaciones, desviaciones y
proyecciones” (7).
He optado por traducir los párrafos que cito de las autoras y, para ello, lo
mismo que en toda la exposición, he evitado el lenguaje sexista. Expresarse en
un lenguaje no sexista lo entiendo como una de las formas más contundentes
de intentar revertir la no visibilidad de las mujeres. En cuanto a la traducción,
según Gayatri Spivak (1992), puede hacerse en forma fácil, rápida e impetuo-
sa o traducir bien y con dificultad. El respeto hacia las autoras y hacia quienes
lean este trabajo hizo que eligiera la segunda opción en procura de no traicio-
narlas, a pesar de haberlas traducido. En el caso de las traducciones castella-
nas de algunas obras las he utilizado, pero las he confrontado con el original.

8. Esto se observa particularmente en las epistemólogas que provienen del análisis filosófico. Se
verá con mayor claridad cuando se trate la relación entre experiencia y conocimiento.
9. Es el caso, entre otras, de Teresa de Lauretis. Véase el capítulo 1.
16 ANA MARÍA BACH

Cómo leer este libro

Aunque esta obra fue concebida como un todo, la estructura de los capítu-
los y los apéndices hace que cada uno pueda ser leído por separado. La idea
rectora es que quien tenga este libro en sus manos pueda hacer su propio
recorrido de acuerdo con sus intereses o prioridades. De todas maneras, sugie-
ro que cuando se lea el pensamiento de alguna teórica se dirijan previamente
a su entrada correspondiente en el apéndice “Biobibliografías”.
La exposición de los temas no sigue un orden cronológico excepto en lo rela-
tivo a los grupos de autoconciencia y la conciencia feminista. La obra se desa-
rrolla a través de cuatro capítulos, las conclusiones y cuatro apéndices.
El capítulo 1 aborda la relación entre experiencia y subjetividad. En una
primera instancia me refiero a una breve caracterización histórica de la no-
ción de experiencia y su resignificación en el interior del feminismo. La rela-
ción entre la construcción mutua de la subjetividad y la experiencia se mues-
tra en el feminismo a propósito del papel que juega la experiencia en la auto-
conciencia o toma de conciencia de ser feminista. Por esto reseño los inicios de
los grupos de autoconciencia y luego presento la descripción fenomenológica
que realizara Sandra Bartky acerca de lo que llama “experiencia feminista” o
“conciencia feminista”.
Acerca de esta relación, subjetividad y experiencia, es obligada la inclusión
de la obra fundacional de Teresa de Lauretis, quien efectuó un original aporte
al introducir el papel que juega la semiótica.
El capítulo 2 está dedicado a la dimensión política de la experiencia, di-
mensión fundamental ya que el feminismo es básicamente un movimiento de
lucha política y la teoría no puede ignorar las bases de las cuales parte. Esa
relación se ve de forma más patente en aquellas teóricas que se han desarro-
llado en los márgenes, como la afro-estadounidense bell hooks. Asimismo son
relevantes tanto el hecho de “hablar en lenguas”, una forma de resistencia de
la polifacética obra de Gloria Anzaldúa y María Lugones, como la relación
entre experiencia y poscolonialismo en la voz de Chandra Talpade Mohanty.
El capítulo 3 está referido al tratamiento de la faz epistemológica de la
experiencia. La epistemología feminista es una versión claramente distinta de
la epistemología tradicional, que parte de considerar que no hay una brecha
entre conocimiento cotidiano y conocimiento científico. Dentro de las episte-
mologías feministas, tomo como base la clasificación de Sandra Harding, cons-
ciente de la insuficiencia de las clasificaciones, pero adoptándola como un cri-
terio de ayuda a la exposición. Se presenta en primer lugar el empirismo femi-
nista en la obra de Lynn Hankinson Nelson, seguida del abordaje del complejo
punto de vista feminista (standpoint). Aunque es característico de la postura
de Sandra Harding, comienzo con quien ha sido su iniciadora, la socióloga
canadiense Dorothy Smith, para después sí pasar a la exposición sobre Har-
ding y complementarla con otro punto de vista interesante como lo es el pensa-
CONSIDERACIONES INTRODUCTORIAS 17

miento negro en la obra de Patricia Hill Collins. Cercanos a los proyectos que
enfatizan el conocimiento desde un punto de vista, considero los llamados “pos-
modernistas” por Harding y he elegido como exponente la producción de Don-
na Haraway. Pero ya he anunciado que las clasificaciones no son exhaustivas
y que hay ejemplos que escapan a toda intención de etiquetarlos. Justamente
uno de los casos resistentes es el de Lorraine Code.
El capítulo 4 trata un tema que aún sigue siendo polémico, el de la relación
entre experiencia y lenguaje. La interpretación realizada por parte de Joan
Scott de la experiencia como un “evento lingüístico” limitó la posibilidad de
considerar las historias de vida en las ciencias sociales. Pero movimientos
anteriores incluso al llamado “giro lingüístico”, como la fenomenología, pro-
veen una postura alternativa superadora y fueron retomados para la teoría
feminista por Iris Marion Young a través del estudio del movimiento como
lenguaje. Asimismo, Linda Martin Alcoff y Laura Gray escribieron acerca de
la experiencia de las sobrevivientes de abusos sexuales y muestran que exis-
ten experiencias que, al menos en un principio, poseen un núcleo inarticulado.
“Atando cabos” opera como cierre del trabajo y como forma de articular las
posiciones que en muchos sentidos son convergentes, pero cada una con mati-
ces diferenciales. Se presenta un mapa conceptual que integra los sentidos de
experiencia tratados y una evaluación final de las diversas contribuciones que
sintetiza sus interrelaciones, sus diálogos implícitos y explícitos, mostrando
cómo con sus especificidades se puede delinear un cuadro teórico distintivo de
las posiciones feministas contemporáneas y que pueden ser aplicadas a nues-
tra realidad.
En los apéndices figura en primer término “Del activismo a la universali-
dad: los feminismos en el contexto estadounidense”, que brinda un panorama
de los feminismos en el ámbito estudiado y la evolución de los Women’s Studies
o estudios de mujeres. Se establecen aclaraciones acerca de la terminología y
los supuestos que se manejan en capítulos como “Razones y sinrazones de los
post”, que ofrece un panorama de posturas y/o movimientos influyentes en el
feminismo, como lo son el posestructuralismo y la posmodernidad. En “Eso
que llamamos patriarcado” se habla acerca de la estructura social del patriar-
cado en la cual estamos inmersas e inmersos, y se recogen hipótesis relativas
a su origen y posibles relaciones con otros sistemas sociales. Por último, se
consignan en orden alfabético las biobibliografías de las teóricas tratadas, que
completa mediante datos y comentarios las menciones realizadas en los capí-
tulos en las que están incluidas.

***

Este libro tiene como antecedente la investigación teórica efectuada para


la tesis de doctorado “La revalorización de la categoría de experiencia en las
teorías feministas norteamericanas: 1980-2000” que presenté en 2008 en la
18 ANA MARÍA BACH

Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Deseo ex-


presar mi gratitud a Cecilia Hidalgo, quien fuera mi directora de tesis, por
compartir sus amplios y sólidos conocimientos de metodología, la epistemolo-
gía y las ciencias sociales desde los comienzos de mi investigación hasta la
invalorable corrección epistémica de la primera versión del trabajo.
CAPÍTULO 1
Experiencias: ¿mías, nuestras…?
Experiencia y subjetividad

El/la sujeto de experiencia, la/el individuo, es


un nexo de interpretación que cobra existencia en el
límite entre naturaleza y cultura.
Hellen Longino, Science as Social Knowledge

El propósito de este capítulo es caracterizar la noción de experiencia y esta-


blecer analíticamente sus dimensiones en líneas generales para examinar luego
algunas características de las experiencias de las mujeres en los grupos de
autoconciencia, una de las primeras actividades del feminismo de la segunda
ola. El hecho de compartir experiencias entre quienes conformaban los grupos
suponía el desarrollo de algún grado de conciencia feminista. La experiencia
de la autoconciencia es el sentido primario de experiencia en el feminismo y es
en él donde encontramos unidas estrechamente las dimensiones de la expe-
riencia. Exploraré esta experiencia de autoconciencia a partir de la descrip-
ción fenomenológica que realizara Sandra Bartky. Por último, tomaré como
eje la primera dimensión de la experiencia como conformada por y formadora
de la subjetividad considerando el tratamiento que acerca del tema realizara
la influyente teórica Teresa de Lauretis.

Acerca del concepto de experiencia

La noción de experiencia, en particular la de experiencias de mujeres, es


central para el feminismo: de ella se parte y a ella se procura reivindicar a
través de un esfuerzo permanente, teniendo en cuenta que las voces de las
mujeres no sólo no han sido escuchadas sino que se las ha desconocido, se las

[ 19 ]
20 ANA MARÍA BACH

ha encubierto o se las ha considerado subalternas1 en el contexto del sistema


androcéntrico occidental vigente.
Lo primero que llama la atención al comenzar a explorar la cuestión de la
experiencia es que, a pesar de su carácter central en la teoría y en el movi-
miento político feminista y aun cuando se la suponga o se la nombre frecuen-
temente en las diversas obras sobre feminismo, pocas veces aparece como foco
de análisis. Así, por ejemplo, no aparece como entrada en las varias enciclope-
dias especializadas en cuestiones de género o de feminismos, a excepción de la
editada por Lorraine Code y publicada por Routledge. En A Companion to
Feminist Philosophy de Routledge, editado por Alison Jaggar e Iris Marion
Young, no se le dedica ningún artículo. Por cierto sí se la usa y cita en diversos
apartados, lo que se constata al explorar el índice temático. Tampoco se en-
cuentra ni como voz ni citada en el índice temático en The Routledge Compa-
nion to Feminism and Postfeminism editado por Sarah Gamble y publicado
asimismo por Routledge. Es más, sorprende que dada su importancia en la
historia de la filosofía, tampoco figure en la extensa Enciclopedia de la filoso-
fía que Routledge publicara en 1998 editada por Edward Craig et al. (Code,
2000; Gamble, 2001; Jaggar y Young, 1998).
La omisión puede interpretarse como signo de la amplia aceptación de la
experiencia como noción de la cual se parte en el feminismo, pasible de ser
compartida sin necesidad de cuestionamiento.
Como la mayoría de las palabras, “experiencia”, desde su raíz latina, es un
vocablo que ejemplifica la polisemia del lenguaje. La variación en los significa-
dos abarca desde los usos cotidianos que comprenden, entre otras acepciones,
al saber que se adquiere con la práctica, al bagaje que cada persona va acumu-
lando a lo largo de su vida, el sentir placer o dolor, y llegan hasta el método
científico de indagación o prueba consistente en provocar un fenómeno bajo
ciertas circunstancias específicas.
La multiplicidad de significados también se ha dado a lo largo de la histo-
ria del pensamiento crítico occidental desde sus orígenes hasta nuestros días.
Así, ha sido postulada como algo diferente o hasta opuesto al conocimiento
racional, sobre todo cuando se la considera la aprehensión sensible de la reali-
dad externa o también conocimiento inmediato, un saber del que no se puede
dar razón, un saber de aquello particular o un hecho “interno” y, en tanto
subjetiva, se la piensa como intransferible.
La noción de experiencia ha sido considerada desde los orígenes de la cul-
tura occidental: está presente desde la filosofía antigua, cobra especial impor-
tancia en la filosofía moderna y desde Auguste Comte en adelante ejerce una

1. En el sentido que le diera Gayatri Spivak como quienes no pueden hablar en la medida en que
no hay institución que escuche y legitime sus palabras; no pueden llevar a cabo eso que se denomi-
na un acto de habla, entre otras cosas porque carecen de autoridad para hacerlo (Landry y Mac
Lean, 1996).
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 21

influencia relevante en el campo de las ciencias sociales. Pero aunque es una


noción básica y se apela a ella desde la sociología, la antropología o la historia,
en las historias de vida, las biografías o las autobiografías, entre otras estrate-
gias, no siempre se la ha valorado positivamente como base del conocimiento
científico apelando a que, al ser personal, es subjetiva y por consiguiente no es
posible la universalización.
Para esta obra tiene relevancia el hecho de que tanto en los estudios de
género en su faz práctica como en la teórica se acude a la noción de experien-
cias de mujeres. Pero a poco de comenzar la consideración de la noción de
experiencias de mujeres aparece su estrecha relación con otra idea controverti-
da como lo es la de género, categoría de análisis que, aunque también es ana-
lizada críticamente desde distintas posiciones, es considerada en muchos sen-
tidos esencial en el desarrollo de las teorías feministas del ámbito anglosajón.
En su ya clásica definición de género, Joan Wallach Scott lo caracteriza
“como un elemento constitutivo de las relaciones sociales basado en las dife-
rencias sexuales que se perciben entre los sexos; y una manera primaria de
significar las relaciones de poder”. Esta categoría analítica aporta una mane-
ra para decodificar los significados y para comprender las complejas conexio-
nes que existen entre las diversas maneras de interacción humana. Para com-
prender mejor este concepto, es fundamental un análisis de los dispositivos de
poder que entran en juego cuando se construye, en lo personal y en lo social, el
propio género. La percepción de requerimientos diferenciados –impuestos y
autoimpuestos– son los que constituyen la experiencia de cada uno/a como
sujetos distintos: varón y mujer, masculino y femenino. La experiencia es, en-
tonces, aquello que debe ser explicado si queremos comprender el proceso de
constitución de las subjetividades (Scott, 1992).
Existe hoy un consenso amplio entre quienes practican las ciencias sociales
en que las historias de “experiencia” son problemáticas. Como Haraway, Har-
ding y otras han señalado, las apelaciones a la experiencia corren el riesgo de
naturalizar las categorías ideológicamente condicionadas que estructuran las
experiencias del yo y del mundo. Scott, en su tan citado ensayo “The Evidence
of Experience”, articuló claramente la versión más fuerte de esta crítica. Argu-
menta que los mismos “yos” que “tienen” experiencias están construidos a tra-
vés de prácticas discursivas. Por consiguiente, los relatos de las experiencias
de personas marginalizadas (tanto las narrativas personales como las histo-
rias producidas sobre ellas) reinscriben los supuestos acerca de identidades,
diferencias y sujetos autónomos que subyacen en los discursos disponibles.
Sin embargo, se continúan escribiendo textos basados en la experiencia. Shari
Stone-Mediatore (2003, 1999) afirma que la desvalorización de la experiencia
llevada a cabo por Scott nos deja sin un medio para que estos textos tengan
sentido, restringe su lectura, permitiéndonos considerarlos sólo relatos de co-
nocimiento irreflexivo, y oscurece las sutiles formas de las que emergen y afec-
tan la experiencia histórica, pues su concepto de experiencia como una pro-
22 ANA MARÍA BACH

ducción discursiva simplifica demasiado la relación entre experiencia y len-


guaje.
Desde la década de 1980, las feministas problematizaron los intentos por
fundamentar el conocimiento o la política en la experiencia de las mujeres.
Desde la epistemología feminista, sabemos que la experiencia no es una ver-
dad que precede a las representaciones de la experiencia culturalmente deter-
minadas, sino que en realidad está mediada por esas representaciones. Ha-
raway, por ejemplo, puso énfasis en el descubrimiento de que la experiencia
visual no es una mera recepción de la realidad sino un proceso activo confor-
mado por expectativas. Esta experiencia nos aparece, sin embargo, como si
reflejara simplemente la realidad externa. Más aún, el mundo que percibimos
es él mismo producto de fuerzas históricas y sociales, a pesar de que la expe-
riencia tiende a encarar la existencia histórica como un mero hecho. Como
afirma Sandra Harding (1991): “Nuestra experiencia nos miente” presentan-
do como natural la conducta culturalmente determinada y los ordenamientos
sociales históricamente construidos. No sólo el sujeto de experiencia mira al
mundo a través de lentes ideológicamente condicionados sino que además, si
quienes teorizan identifican las experiencias con un grupo social particular,
corren el riesgo de naturalizar definiciones de exclusión respecto de ese grupo.
Críticas feministas de las políticas de la identidad, como Elizabeth Weed y
Chandra Mohanty, advirtieron acerca de los peligros de construir una política
alrededor de la “experiencia de las mujeres”. Cuando la “experiencia de las
mujeres” es tomada como fundamento de un interés común, señalan estas teó-
ricas, podemos invertir las jerarquías, colocando a otro grupo como el sujeto
del conocimiento y de la política; pero dejamos intactas las categorías que de-
finen la identidad de grupo, las exclusiones que esas categorías conllevan, a
las estructuras más amplias de dominación y explotación (Stone-Mediatore,
1999).
Además de las pensadoras citadas, debemos señalar que paralelamente,
desde los movimientos fenomenológicos y pragmatistas, también se realizaron
estudios que interesan por la importancia que le asignan a la noción de expe-
riencia. El feminismo fenomenológico cobró vigor sobre todo a partir del influ-
yente pensamiento del filósofo y sociólogo Alfred Schutz, quien primero fue
seguido en el continente europeo y luego por quienes teorizaban en el ámbito
estadounidense. Pero recién en noviembre de 1994 se realizó en Delray Beach,
Florida, el primer Research Symposium on Feminist Phenomenology que fue
la base de la antología que se publicara en 2000, Feminist Phenomenology
(Fisher y Embree, 2000) y a partir de entonces el movimiento fenomenológico
ha cobrado más influencia en la academia norteamericana.
La fenomenología es un movimiento que comprende una variedad de meto-
dologías acerca de la descripción de experiencias particulares de sujetos con-
cretos. En general, se suelen reconocer distintas tendencias de este movimien-
to que comenzó con la filosofía de Edmund Husserl, pero hay que aclarar que
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 23

estas tendencias a menudo se superponen, por lo que una distinción tajante no


es posible. Se suelen distinguir cuatro direcciones predominantes: la fenome-
nología realista desarrollada por la escuela de Munich (Max Scheler, Edith
Stein),2 que enfatiza la descripción de esencias universales; la constitutiva
(Alfred Schutz, Sandra Bartky), que enfoca las características de la conciencia
de ciertos objetos; la existencial (Hannah Arendt, Jean-Paul Sartre, Maurice
Merleau-Ponty, Simone de Beauvoir), que estudia aspectos de la existencia
humana en el mundo, y la hermenéutica (Hans-George Gadamer, Paul Ricœur,
Lorraine Code), que se basa en la importancia de la interpretación en todas
las esferas.
A pesar de que existen distintas tendencias, hay ciertos puntos en los que
coinciden quienes hacen fenomenología. El primero es que se oponen a toda
forma de naturalismo como el conductismo en psicología y el positivismo en
las ciencias sociales, y en la filosofía, además, no están de acuerdo con tomar
como modelo el método de las ciencias naturales. Por el contrario, les interesa
un enfoque sociohistórico y de la vida cultural. En segundo término tienden a
oponerse al pensamiento especulativo y a las preocupaciones por el lenguaje,
prefiriendo el conocimiento basado en la intuición. Esto está vinculado a la
tercera característica que consiste en apoyar una técnica de reflexión en pro-
ceso en la vida consciente o existencia humana.
En cuanto a la relación entre feminismo, pragmatismo y su vinculación con
la noción de experiencia, hay que marcar que los y las pragmatistas en gene-
ral sostienen que hay que conceptualizar después de examinar la experiencia
y no antes.
Según Philys Rooney, los filósofos pragmatistas tuvieron tanto que ver en
el cambio del siglo XIX al XX como las feministas en el cambio del siglo XX al
nuevo milenio. Ambos movimientos son conscientes de la necesidad de com-
prometer las teorías y la filosofía en el contexto histórico, esto es, una revisión
crítica del papel de la filosofía en un mundo complejo y cambiante. El pragma-
tismo filosófico emergió en una parte importante como respuesta al desarrollo
del conocimiento científico y de la biología evolucionista en particular, y los
cambios que trajeron aparejados en el pensamiento intelectual y religioso en
Estados Unidos hacia el final del siglo XIX. Esos cambios convergieron, parti-
cularmente en William James y John Dewey, en la necesidad de responder
filosóficamente por el sentido y el valor humanos en una visión del mundo
científica. El resultado no fue tanto un cuerpo de doctrina como una metodolo-
gía o una actitud filosófica para buscar la respuesta.
Los cambios significativos en la vida social que resultaron del desarrollo de
la segunda ola del feminismo también resultaron en llamados a crítica y revi-

2. En todos los casos coloco a manera de ejemplos a teórica/s y teórico/s pero, por supuesto, no
pretende ser una enumeración exhaustiva.
24 ANA MARÍA BACH

sión. En particular, la teoría feminista surgió por la expresa necesidad de dar


cuenta de los cambios efectuados desde la acción social y política para mejorar
la situación de las mujeres. Muchas feministas sintieron que los discursos
existentes eran limitativos. En lo que respecta a la filosofía feminista, fue
vista no como una doctrina sino como un conjunto de metodologías y actitudes
que tomaron como interés primario la necesidad de repensar el sentido y el
valor humano para iluminar cómo las estructuras de género se construyen
diferentemente en contextos culturales diversos.
Feministas y pragmatistas llevaron a las posturas teóricas a dar cuenta de
nuevos discursos y nuevas posibilidades de acción y de poder al compartir la
sospecha de que los modos tradicionales de teorización son resistentes a las
nuevas posibilidades. Ambas posturas tienen en común un movimiento de vai-
vén entre el pasado y el futuro, además de compartir la creencia en que la
motivación humana para el cambio interesa y es posible, aparte de que el
conocimiento y la acción no deben ser separados.
La teoría de la ciencia pragmatista es no positivista. La lógica de la expe-
riencia de Dewey y la investigación comunitaria transformadora son más ade-
cuadas al pensamiento y la metodología feminista que las manejadas por el
positivismo.
La revitalización de la focalización crítica sobre el contexto y la práctica de
la ciencia nos lleva a los comienzos del pragmatismo y a lo que Charles San-
ders Peirce llamó “la comunidad de los investigadores”, como un lugar de sig-
nificación y nueva teorización en epistemología. Las feministas se preguntan
cómo se forman esas comunidades de investigadores, cuál es su influencia y
cómo son influenciadas por el contexto. Al desarrollar los conceptos del prag-
matismo de Charles Peirce a John Dewey, se muestra que la epistemología
pragmatista, al igual que la feminista, no es ni uniforme ni monolítica, pero
ofrece el redescubrimiento de análisis y muestra tensiones creativas que sir-
ven a la crítica feminista (Rooney, 1993; Alcoff y Kittay, 2007; Seigfried, 1996).
Las feministas, activistas y/o teóricas, marcaron como rasgo peculiar de la
experiencia el hecho de que es distinta según los sexos; por ende, la experien-
cia masculina no es universal.3 Este rasgo, que está íntimamente conectado
con la afirmación de que “lo personal es político”, no puede ser separado de la
faz política inherente a la experiencia. Pero a la vez esa metáfora del feminis-
mo es también una fuente de conocimiento fundamental, como lo afirma de
Lauretis. La experiencia en su faz cognoscitiva fue reivindicada frente a otras
corrientes de pensamiento androcéntrico que la desvalorizan, pues el conoci-
miento obtenido a partir de ella trae aparejadas distintas desventajas, pues es
subjetiva y no generalizable. Por ser reconocida y revalorizada por las femi-

3. Corrientes como la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty reconocen el cuerpo como


sexuado pero padecen de ceguera frente al reconocimiento de que haya otros sexos además del
masculino.
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 25

nistas como modo de conocimiento, diversas teóricas se refieren a este aspecto


como epistemológico.
A partir de la llamada segunda ola del feminismo, las teóricas feministas
pusieron el acento sea en algunos de los aspectos de la experiencia como el
psicológico, el político y el cognoscitivo, o los trataron en forma conjunta. A los
fines de efectuar un cierto ordenamiento en el análisis y facilitar la exposición,
se distinguen los aspectos mencionados aunque en todo momento recordare-
mos que están inextricablemente unidos:

1) Psicológico: las experiencias de los seres humanos son consideradas confor-


mando la subjetividad en un proceso de continua transformación y hacien-
do hincapié en que son sexuadas.
2) Político: en particular, para el caso que nos concierne, las experiencias de
las mujeres son promotoras de cambios en el patriarcado. Este aspecto es el
que en primera instancia se elabora y se pone de manifiesto en los grupos
de autoconciencia o de toma de conciencia, pero ellos son sólo un punto de
partida hacia la promoción de cambios ulteriores.
3) Cognoscitivo: tomar en cuenta el conocimiento que surge de las experien-
cias de las mujeres en la vida cotidiana, atender a la subjetividad y valori-
zar su papel, abre el camino a un nuevo enfoque epistemológico en las esfe-
ras ordinarias, profesionales y científicas del conocimiento (gráfico 1).

Gráfico 1

Política

Experiencia

Cognoscitiva Psicológica

Según Raymond Williams (2003), desde fines del siglo XVIII se pueden reco-
nocer dos sentidos principales en que se usa el término “experiencia” en nues-
tra cultura: uno ligado al pasado, a las llamadas “lecciones” de la experiencia,
y el otro en conexión con el presente designando a una conciencia en actividad,
aunque la separación no sea tan neta en realidad como para distinguir uno de
26 ANA MARÍA BACH

otro. El primero, la experiencia pasada, se vincula al conocimiento reunido


acerca de los acontecimientos pasados sobre la base de la observación cons-
ciente o por la consideración y la reflexión. La experiencia presente indica un
tipo de conciencia activa y plena que añade el sentimiento al pensamiento, al
dar sentido de autenticidad y de inmediatez. Este segundo sentido de expe-
riencia como algo “interno” o “personal” tuvo sus raíces en formas religiosas,
pero fue más notorio en la religión protestante y se hizo más presente espe-
cialmente en el metodismo religioso, en el que había “reuniones de experien-
cia” que se realizaban para la exposición de “experiencias religiosas” como
noción de testimonio subjetivo. Los dos sentidos se unen a la compleja vigen-
cia del uso de las anteriores significaciones y son los extremos de una gama de
posibilidades que siguen en vigencia y en debate (gráfico 2).

En un extremo, la experiencia (presente) es propuesta como el funda-


mento necesario (inmediato y auténtico) para todo el razonamiento y
análisis (subsiguientes). En el otro, la experiencia (antaño el participio
presente, no de “sentir” sino de “ensayar” o “poner a prueba” algo), se ve
como el producto de condiciones sociales, sistemas de creencias o siste-
mas fundamentales de percepción y, por lo tanto, no como material de las
verdades sino como evidencia de condiciones o sistemas que por defini-
ción ella no puede explicar por sí misma.
Ésta sigue siendo una controversia decisiva que, por fortuna, no se
limita a sus posiciones extremas. Pero gran parte de ella se enturbia,
desde el principio, debido a los sentidos complejos y a menudo opuestos
de la misma experiencia. La experiencia pasada ya incluye, en sus casos
más serios, los procesos de consideración, reflexión y análisis que los usos
más extremos de la experiencia presente –una autenticidad e inmediatez
incuestionables– excluyen. (Williams, 2003: 137-140)

Considero que la autoconciencia feminista es un ejemplo que tiene relación


con la experiencia entendida como “presente”, como conciencia activa y plena,
aunque debe diferenciase claramente de la experiencia religiosa, donde se ofrece
como testimonio de verdad para ser compartido. El propósito religioso es lo-
grar la conversión que promete llegar a la verdad. En cambio, en la toma de
conciencia feminista se trabaja con la experiencia presente, con conciencia
activa y plena, en el proceso que lleva a la autoconciencia, a la par que se apela
a las experiencias pasadas de cada una de las participantes. Algunas de las
experiencias son consideradas compartidas por todas, como en el caso de la
subordinación dentro del patriarcado, mientras en otras ocasiones las expe-
riencias son compartidas sólo por algunas, como pueden ser la experiencia de
violación dentro o fuera de una pareja, el abuso sexual infantil, la maternidad,
la discriminación por edad o por elección sexual, por señalar algunas entre
tantas otras.
A diferencia de lo que ocurre con la experiencia religiosa, la experiencia en
el feminismo es un proceso en el que no se busca llegar a una verdad sino a la
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 27

Gráfico 2
Acepciones de “experiencia”

Experiencia

sin separación neta

presente
pasado conciencia
“lecciones” activa

proceso

ensayar o sentir
poner a prueba

▼ ▼

conocimiento da
de eventos autenticidad e
pasados por inmediatez al
observación añadir
consciente y sentimiento
reflexión

autoconciencia, a una conciencia plena que lleve a la acción política, tomando


“político” en un sentido muy amplio que va desde los pequeños cambios que se
pueden introducir en la vida cotidiana hasta, por ejemplo, la organización y/o
la participación en grupos de mujeres que comparten un interés específico, en
los encuentros de mujeres y/o en los feministas, en la presencia activa en la
redacción de proyectos legislativos en beneficio de las mujeres, como los de
salud reproductiva, o en las actividades que se realizan en distintas institucio-
nes como las universidades.
Destaco la importancia de la experiencia de la autoconciencia porque, como
afirma Marilyn Frye (1996: 39), es en la comunicación entre mujeres en los
grupos de autoconciencia donde la experiencia se hace visible y es allí donde se
reconoce que es en las historias de los varones donde el mundo de las mujeres
no tiene sentido. Para la visión del mundo patriarcal, la existencia de las mu-
jeres es una masa de datos discrepantes. Por esto la experiencia de cada mujer
y la de todas las mujeres genera una nueva red de significados. En tal sentido,
en el siguiente apartado abordamos la caracterización de los grupos de auto-
conciencia que surgieron en la ciudad de Nueva York hacia fines de la década
de 1960.
28 ANA MARÍA BACH

La experiencia de la autoconciencia o devenir feminista

A la tan citada frase de Simone de Beauvoir “No se nace mujer: llega una a
serlo” con la que comienza el segundo tomo de El segundo sexo, conviene aña-
dirle, siguiendo su forma de enunciación, lo que ya ha sido señalado por varias
teóricas feministas y es que no por el hecho de ser mujer se es feminista, sino
que una puede llegar a serlo. En este sentido Chandra Mohanty afirma que
quienes sostienen que las mujeres son feministas por asociación e identifica-
ción con las experiencias que las constituyen como mujeres suponen lo que
podría llamarse la tesis de la ósmosis femenina (Beauvoir, 1986; Mohanty, 1982).
Históricamente, en Estados Unidos la denominación “grupos de autocon-
ciencia” (Consciousness-Raising, CR) fue propuesta por Kathie Sarachild para
el programa de crecimiento de la conciencia feminista de un grupo de mujeres
que se consideraron “radicales” dentro del movimiento. En su artículo “Cons-
ciousness-Raising, A Radical Weapon” Sarachild aclara que “radical” proviene
del origen latino de la palabra que significa raíz y que el grupo que conforma-
ban apuntaba a la liberación de las mujeres como movimiento masivo intere-
sado en llegar a las raíces de sus problemas en la sociedad. Durante las re-
uniones del grupo New York Radical Women surgió el tema de incrementar su
conciencia feminista a través del estudio de bibliografía sobre tópicos concer-
nientes a las mujeres como maternidad, trabajo o niñez, entre otros. El linea-
miento propuesto para la investigación consistió en que el punto de partida de
la discusión y la prueba acerca de la precisión de lo que encontraran en la
búsqueda bibliográfica debía ser confrontado con la propia experiencia. Este
método tenía analogías con lo que en el siglo XVII se propuso desde el ámbito
científico en contra del escolasticismo: estudiar la naturaleza en lugar de los
libros, método que también fue puesto en práctica por otros movimientos revo-
lucionarios.
Quienes compusieron los grupos iniciales de autoconciencia no eran princi-
piantes en cuestiones políticas y en la mayoría de los casos tampoco en el
feminismo. A partir de las discusiones en las reuniones del grupo de autocon-
ciencia surgieron obras importantes como La dialéctica de los sexos de Shula-
mit Firestone, la Política sexual de Kate Millet, además de los ensayos de
Carol Hanish “Lo personal es político”, de Anne Koedt “El mito del orgasmo
vaginal” o el de Pat Mainardi “La política del trabajo doméstico”. A las femi-
nistas radicales corresponde el mérito de haber revolucionado la teoría políti-
ca al analizar las relaciones de poder patriarcal en ámbitos que se considera-
ban “privados”, como la familia y la sexualidad, y haber creado el eslogan “lo
personal es político”.
A partir de 1968 los programas de grupos de autoconciencia se hicieron
populares aunque con el tiempo fueron perdiendo la conexión con el propósito
de producir cambios radicales y revolucionarios para las mujeres, si bien siem-
pre las incitaron a pensar y actuar. En los grupos no se seguía un método sino
principios que se consideraban esenciales: ir a las fuentes tanto en lo histórico
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 29

como en lo personal, ir a las mujeres mismas e ir a la experiencia para la


teoría y la estrategia.
En los grupos de autoconciencia se escuchaban los testimonios de las muje-
res acerca de sus experiencias y emociones con respecto a un determinado
tema, se compartía la propia experiencia. Las exposiciones contribuían a con-
formar una fuente de conocimiento en común. El conocimiento y la informa-
ción permitían que las mujeres fueran “capaces” de hablar. Sarachild (1978)
aclara que no pretendían ser reuniones terapéuticas ni formar a la gente para
que tuviera paciencia para escuchar a otras, ni cambiar a las mujeres, sino
que supieran más acerca de la supremacía androcéntrica que se ejercía sobre
ellas. Asimismo, lo consideraban un modo de acercarse más a la verdad.
Pese a que los grupos de autoconciencia no continuaron exactamente en la
forma en que los pensaron las feministas radicales, considero que en un senti-
do amplio siguen operando en cada reunión de mujeres feministas que com-
parten sus experiencias acerca de un tema que les ataña en particular. Esa
conciencia feminista ha sido examinada en detalle por Sandra Bartky y es su
trabajo el que se presenta a continuación.

Sandra Lee Bartky y la conciencia feminista

Sandra Bartky afirma que, para ser feminista, hay que devenir feminista.
En el pasaje del devenir se vive una experiencia de transformación personal
profunda, que lleva a cambios en el actuar y que describió en “Toward a Phe-
nomelogy of Feminist Consciousness”. Su trabajo fue uno de los primeros aná-
lisis teóricos de la categoría de experiencia en el marco de la teoría feminista y
partió de las prácticas de los grupos de autoconciencia. En la caracterización
de experiencia, Bartky utilizó herramientas del movimiento fenomenológico,
a través de la descripción situada, así como también de la teoría marxista con
respecto a algunas nociones básicas como la de modo de producción. La carac-
terización de la conciencia generizada puede ubicarse tanto en la tendencia de
la fenomenología que Lester Embree (1996) denomina constitutiva como en la
fenomenología existencial. La primera enfatiza la descripción de objetos en
términos de la conciencia de ellos. La segunda pone el acento en aspectos de la
existencia humana en el mundo.
Una de las características de la obra de Sandra Bartky es que ella hace
filosofía feminista combinando metodologías y marcos conceptuales y teóricos.
Así, se ha apoyado en la fenomenología, el existencialismo, el marxismo y el
posestructuralismo para agudizar sus análisis de la condición femenina.
El ensayo en el que expone las características de la conciencia feminista,
“Toward a Phenomenology of Feminist Conciousness”, fue escrito en 1976 cuan-
do todavía la descripción fenomenológica no era tan significativa como lo fuera
en la década de 1990. El que una autora estadounidense como Bartky haya
utilizado esos marcos conceptuales tan tempranamente para ese país resulta
30 ANA MARÍA BACH

extraño en una primera aproximación. Pero al conocer su biografía se advierte


que realizó estudios en Alemania, hecho que le permitió tomar contacto de
primera mano con la filosofía continental y sobre todo con la fenomenología, a
la que concibe situada histórica y socialmente.
Asimismo, como parte de la crítica filosófica que realizara sobre la feminei-
dad, recurrió a aspectos del posestructuralismo aplicado al problema de la
personificación femenina. En especial, hizo suya la hipótesis de Michel Foucault
acerca de las formas de disciplinar que estructuran la subjetividad en las so-
ciedades modernas. También, como considera que el concepto de clase no fue
tenido lo suficientemente en cuenta en corrientes del pensamiento teórico fe-
minista, incorporó a sus herramientas analíticas las perspectivas del marxis-
mo y de la teoría crítica. Posteriormente comenzó a problematizar ciertos te-
mas, por ejemplo, la raza y la blancura como esenciales, también, a una filoso-
fía feminista.
En la “Introducción” de su antología Femininity and Domination: Studies
in the phenomenology of opression aclara que también ha incluido instrumen-
tos conceptuales del análisis lingüístico, de las ciencias sociales empíricas y
del psicoanálisis. Para su descripción fenomenológica de la conciencia femi-
nista, Bartky se valió asimismo del análisis dialéctico.
En su ensayo aclara que no va a examinar en su totalidad la experiencia de
liberación sino que restringirá su descripción a los distintos modos de percibir
que caracterizan a la conciencia feminista. Los períodos de tensiones sociales
y económicas repercuten en las vidas de las personas y se manifiestan en for-
ma de una conciencia angustiada, falta de certeza interior y confusión. Para
Bartky, la conciencia feminista es una conciencia angustiada y es no sólo una
reflexión de las condiciones materiales externas sino también la aprehensión
de que algunas condiciones son intolerables y que requieren de una transfor-
mación. Alcanzar una conciencia feminista es atravesar la experiencia de lo-
grar ver aspectos de sí misma y de la sociedad que antes no se percibían.
Bartky parte del supuesto de que la experiencia de la conciencia feminista
se puede caracterizar en primer lugar como conciencia de victimización, que a
la vez se identifica por algún grado de precaución o cautela, además de la
alteración que produce tal condición. En su descripción de cada uno de esos
aspectos se detecta la tensión dialéctica que late en la conciencia feminista y
que la divide en todo momento. Esto se plasma en la descripción de la concien-
cia de la victimización, una conciencia dividida que es al mismo tiempo con-
ciencia de debilidad, por estar expuesta a los agravios que recibe en tanto
mujer, pero que al mismo tiempo le da fuerzas para luchar contra el sistema
imperante. Asimismo, reconoce que la conciencia de victimización puede ser
una conciencia dividida en un segundo sentido. El hecho de conocer que como
mujer se es víctima en una sociedad sexista puede sumarse al darse cuenta
deque como blanca se goza de ciertos privilegios que no tienen las mujeres de
color. Este hecho, antes inadvertido, produce más incomodidad aún. Sin em-
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 31

bargo, no todas las mujeres desarrollan este sentido de conciencia dividida


pues no advierten que ostentan una mejor posición que otras mujeres.
Pero, además, la conciencia feminista es la experiencia de la existencia de
algunas contradicciones en el orden social que se tornan intolerables. Vivimos
inmersas en una realidad social engañosa y esto provoca en quienes devienen
feministas un doble impacto ontológico que las lleva a vivir en una situación
ética ambigua. El impacto ontológico es doble porque, por una parte, cada una
se da cuenta de que lo que sucede es considerablemente diferente de lo que
aparece, y por otra, porque el impacto produce, al mismo tiempo, la impotencia
para expresar lo que efectivamente está pasando. Como consecuencia, la femi-
nista deviene vigilante y suspicaz, y vive en una suerte de estado de alerta. Es
por esto que otro de los rasgos de la conciencia feminista es algún grado de
precaución o cautela. Y esto también, nuevamente, en un doble sentido: no
sólo es cautelosa del orden de las cosas, especialmente en la comunicación con
otra gente, sino que también es cautelosa de sí misma. Este grado de cautela
es una constante en la experiencia feminista y será mayor o menor en función
de varios factores como el compromiso político, entre otros. Es un modo de
experiencia que al anticipar la experiencia en cierto sentido es prepredicativa.
A la vez, hay otra característica que la situación trae aparejada a la con-
ciencia feminista y es la alteración que se produce al ser una conciencia agu-
damente desarrollada acerca de las limitaciones que se le imponen al libre
desarrollo personal, pero que debe mantener al mismo tiempo un molesto sen-
timiento de autoprotección, sin el cual no podría vivir en su sociedad.
Por ese doble impacto ontológico la feminista también vive en una especie
de situación ética ambigua, situación que fuera descripta ya por algunos pen-
sadores existencialistas, y que proviene de una historia distintiva en la que el
sistema patriarcal va siendo reemplazado por otro. Pero aun aquella que ha
adherido firmemente al paradigma feminista no está exenta de contradiccio-
nes internas, de conflictos, no sólo por ser una extranjera en su sociedad, sino
también por sus no resueltos compromisos patriarcales. Sin duda, vivimos en
una sociedad patriarcal aun cuando la autoconciencia haya desplazado a la
falsa conciencia.
El análisis de Bartky es realmente agudo en cuanto a la caracterización de
los rasgos de una conciencia feminista, pero si bien he experimentado este
camino sin retorno, debo acotar que no todas las mujeres pueden seguirlo o
mantenerse en él. Son múltiples las continuas amenazas del patriarcado ha-
cia quienes se desvían de las huellas marcadas y así, en este tema, muchas
mujeres que tienen el presentimiento de otras posibilidades se sienten impe-
didas de soportar la conciencia feminista dividida, que es la del estar en el
feminismo pero dentro del sistema patriarcal y, consecuentemente, se ven
incapacitadas de llevar hasta las últimas consecuencias este nuevo giro del
atrévete a saber kantiano (gráfico 3).
32 ANA MARÍA BACH

Gráfico 3
La conciencia feminista según Bartky

Doble impacto Conciencia Doble impacto


ontológico feminista ético

Lo que sucede Impotencia Ser Seguir con los


es distinto de para expresar independiente valores
lo que parece lo que pasa marcados

Conciencia de Precaución o Alteración


victimización cautela

de otra de sí limita- autopro-


debilidad fortaleza
gente misma ciones tección

Lo positivo es que, a pesar de las ambigüedades de esta experiencia, el


camino de la autoconciencia es una experiencia de liberación, ya que permite,
al interpretar el mundo desde el ángulo feminista, la acción colectiva liberado-
ra, una nueva identificación con las mujeres y un creciente sentido de la soli-
daridad.4
Sin embargo, a la caracterización de Bartky de la conciencia feminista como
conciencia de victimización le cabe la crítica de que el sentirse como víctima
puede llevar a la inacción, al conformismo y a no crear estrategias para trans-
formar la situación.
La relación entre la experiencia y el proceso de la autoconciencia es básica
tanto para la práctica como para la teoría feministas y esto es reconocido por
autoras diversas. Por ejemplo, Teresa de Lauretis (1984) afirma:

La teoría feminista constituye en sí una reflexión sobre la práctica y


la experiencia: una experiencia para la que la sexualidad tiene un papel
central, en cuanto determina, a través de la identificación genérica, la
dimensión social de la subjetividad femenina, la experiencia personal de
la condición femenina; y una práctica destinada a confrontar esa expe-

4. En el pensamiento feminista hay una tendencia a ensalzar la solidaridad entre las mujeres. A
propósito del tratamiento de bell hooks y de Mohanty, se profundiza en qué sentidos se puede
entender esto.
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 33

riencia y a cambiar la vida de las mujeres concreta y materialmente,


mediante la concienciación. (290)

Por su parte, Catharine MacKinnon (1995) opina que la práctica de la au-


toconciencia es el método analítico y crítico del feminismo:

La práctica de concienciar […] ha sido técnica de análisis, estructura


de organización, método de práctica y teoría del cambio social en el movi-
miento de la mujer. (30)

Experiencia y subjetividad

La relación entre experiencia y subjetividad en el siglo XX fue abordada a


partir de diversas y complejas teorizaciones dentro de diferentes ámbitos, par-
ticularmente en el campo de la psicología y la filosofía. Algunas conceptualiza-
ciones colocaron el acento en factores internos, por decirlo brevemente, como
los mecanismos de la vida psíquica; mientras otras marcaron la relevancia
que suponen los factores sociales a través del papel que desempeñan las insti-
tuciones, por ejemplo, las educativas, además de los mensajes que se transmi-
ten a través de los medios masivos de comunicación, entre otras condiciones.
Pero en el seno de las teorías feministas encontramos posturas que no se si-
túan ni en uno ni en otro extremo, como la de Teresa de Lauretis. Sus especu-
laciones son relevantes en tanto constituyen un aporte original al considerar
la importancia de los signos en relación con la experiencia en la constitución
de las subjetividades.

Teresa de Lauretis y la importancia de la semiótica

Teresa de Lauretis nació en Milán, Italia, en 1938 y se educó en su país,


pero luego de haber culminado su formación académica con la obtención del
doctorado en Lenguas Modernas y Literatura en la Universidad de Bocconi, se
radicó en Estados Unidos. Italiano, literatura comparada, estudios de las
mujeres y estudios de cine fueron materias en las que ejerció la docencia en
diversas universidades estadounidenses. No es de poca importancia estar al
tanto de estos datos de su biografía acerca de su formación y especialización,
ya que en algún sentido explican la importancia que le otorga al lenguaje, en
particular a los signos y a la semiótica, en su caracterización acerca de la
experiencia y de la experiencia de las mujeres en particular. Para ello, se vale
de la integración de distintos aportes brindados por la semiótica, el feminis-
mo, el psicoanálisis y la cinematografía.
En sus ensayos más tempranos, considera a la experiencia la designación
del proceso continuo por el cual se construye semiótica e históricamente la sub-
34 ANA MARÍA BACH

jetividad, a la que podemos situar en los espacios de intersección discursiva


entre la teoría semiótica que fuera formulada por Peirce, pero a la que retoma
a través de la interpretación que realizara Umberto Eco y del psicoanálisis de
Jacques Lacan (de Lauretis, 1984). Éstas son dos de las teorías que han recono-
cido la relación inseparable de la subjetividad con la actividad social. La impor-
tancia de la mediación social o semiótica hace que la experiencia no sea consi-
derada, como habitualmente se lo hace en sentido cotidiano, algo que la identi-
fica como aquello que es sólo perteneciente al ámbito de lo individual.
El otro aspecto que también señala como portador de un papel central es el
de la sexualidad, porque determina a través de la identificación genérica la
dimensión social de la subjetividad femenina. Al propio tiempo, la sexualidad
marca no sólo la dimensión social sino también la experiencia personal de
lacondición de las mujeres. Así, de Lauretis considera de relevancia que en la
teoría feminista en especial se reflexione sistemáticamente sobre la experien-
cia, sobre las prácticas y sobre el sentido que la experiencia imprime a la cons-
trucción de la subjetividad. Al igual que otras teóricas, puntualiza que la
reflexión feminista es a la vez una práctica que comparte y coteja la propia
experiencia con la de otras mujeres, sobre todo en los grupos de autoconcien-
cia, donde este cotejo logra erigirse en punto de partida para un cambio en sus
vidas.
Sin embargo, para comprender su interpretación de la noción de experien-
cia es conveniente partir de su noción de diferencia, pues en su pensamiento
ambos conceptos están íntimamente ligados. En el prólogo a Diferencias, con-
signa que este tema le preocupó desde el feminismo de los 70. El sentido de lo
que se entendió por diferencia fue cambiando paulatinamente con el correr del
tiempo y la evolución del movimiento feminista, tornándose cada vez más com-
pleja su significación. Así, la consideración de este concepto pasó de la signifi-
cación de lo externo a lo interno, de la clásica y tradicional diferencia por el
sexo y el estatus social al examen de las diferencias entre las mujeres y, por
último, al tratamiento de la compleja constitución de las subjetividades y a las
diferencias internas de cada sujeto.
Al comienzo, y en concordancia con las tesis de la segunda ola del movi-
miento de mujeres, la diferencia entre varones y mujeres, en su doble carácter
sexual y social, se consideraba originaria. Pero luego, al difundirse el feminis-
mo y comenzar las reacciones de otras mujeres feministas que provenían de
distintos estamentos, se tornaron evidentes otras importantes diferencias en-
tre las mujeres de crucial incidencia en la diferencia sexual. Más tarde, cuan-
do las teorías feministas comenzaron a desarrollarse, se convirtió en central el
tema de la subjetividad femenina “o, lo que es lo mismo, de las diversas vías,
experiencias, instituciones y prácticas con que las mujeres, cada mujer, cada
ser humano, se constituye en sujeto social y sujeto psíquico al mismo tiempo”
(de Lauretis, 2000c: 8; mi subrayado).
Si nos remontamos al punto de vista etimológico, el vocablo “experiencia”
hunde sus raíces en el verbo latino experior que posee distintas acepciones:
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 35

experimentar, poner a prueba, probar, medir fuerzas, pleitear, litigar, inten-


tar, hacer uso, arriesgar, permitirse, saber, conocer por experiencia. Pero, como
también se ha señalado, “experiencia” tiene un sentido de investigación, exa-
men, connota un sentido de proceso, que según Josefina Birulés (2002), se ha
perdido. Sin embargo, considero que, lejos de perderse, adquiere relevancia en
la obra de Teresa de Lauretis (1984), quien concibe la experiencia como un
proceso continuo e inacabado por el que se construye la subjetividad. La expe-
riencia sería el efecto de la interacción de la subjetividad con el mundo, “no
mediante ideas o valores externos, causas materiales, sino con el compromiso
personal, subjetivo en las actividades, discursos e instituciones que dotan de
importancia (valor, significado y afecto) a los acontecimientos del mundo” (253).
La centralidad del concepto de experiencia en tanto clave para la teoría
feminista fue señalada, como se ha visto, desde las primeras obras de Teresa
de Lauretis, quien la vincula y articula con temas fundamentales para el mo-
vimiento feminista, como la subjetividad, la sexualidad, el cuerpo y la activi-
dad política. El sentido que atribuye a la experiencia resulta en su obra tan
significativo como aquellos que deja de lado.
Como en la experiencia hay tanto elementos personales como sociales y
porque la experiencia es un proceso, la autora no la toma en el sentido de
datos sensoriales, ni como la adquisición de habilidades y competencias por
acumulación a lo largo de la vida, ni en un sentido individualista o puramente
subjetivo, interno, sin la mediación social.
Para comprender, entonces, cómo surge la subjetividad femenina, según de
Lauretis, es necesario elaborar una teoría acerca de la experiencia, lo que re-
presenta un reto para la reflexión feminista. En este punto considera que las
teorías de la significación, en especial la de Charles Sanders Peirce, a través
de la interpretación que de ella hizo Umberto Eco, y la del sujeto de Jacques
Lacan resultan las más apropiadas para dar cuenta del proceso de constitu-
ción de tal subjetividad.
Eco señaló que es únicamente por el estudio de los interpretantes,5 de los

5. Para comprender mejor el aporte de Eco creo que es de utilidad retomar las definiciones de
Charles Peirce. Peirce, que estaba en contra del dualismo cartesiano y de la tesis de John Locke
según la cual todo pensamiento es percepción interna de ideas, propone que el conocimiento es un
proceso de significación basado en la relación lógica de la estructura triádica básica del signo. La
función representativa del signo no estriba en su conexión material con un objeto, ni en que sea
una imagen del objeto, sino en que sea considerado signo por un pensamiento. Toda síntesis pro-
posicional implica una relación significativa, una semiosis considerada la acción del signo, en la
que se articulan tres elementos:
1) El signo o representamen es algo que está para alguien, se dirige a alguien, esto es, crea en la
mente de esa persona un signo equivalente o quizá un signo más desarrollado.
2) El objeto es aquello por lo que está el signo, aquello que representa.
3) El interpretante es el signo equivalente o más desarrollado que el signo original, es causado
por ese signo original en la mente de quien lo interpreta.
36 ANA MARÍA BACH

efectos propios del significado, de los signos, como podemos resolver el proble-
ma de qué es el significado de un concepto intelectual. Para él, se pueden
distinguir tres clases principales de interpretantes:

1) Emocional: el primer efecto propio del significado es el sentimiento que


produce. Puede llegar a ser el único efecto que produce un signo, tal como
sucede en la ejecución de una pieza de música.
2) Energético: el segundo efecto se da a través de la mediación del interpre-
tante emocional. Supone un “esfuerzo” que puede ser muscular, pero que
normalmente es un esfuerzo mental, sobre el mundo interior.
3) Lógico: el tercer y último tipo de efecto de significado que puede producir el
signo, a partir de la mediación de los otros dos, es un cambio de hábito
entendido “como una modificación de las tendencias de una persona a la
acción, que resulta de experiencias previas o de esfuerzos previos”. Éste es
el interpretante último del signo, el efecto de significado en el que termina
el proceso de semiosis en la ocasión considerada. “La construcción lógica
real y viva es ese hábito”, afirma Peirce, y designa el tercer tipo de efecto de
significado con el nombre de interpretante. Se entiende lógico no como re-
sultado de una operación intelectual, sino en el sentido de que es “autoana-
lizador” o, dicho en otra forma, que “dota de sentido” a la emoción y al
esfuerzo muscular-mental que lo ha precedido, al proporcionar una repre-
sentación conceptual de ese esfuerzo.

Volver a Peirce, a través de Eco, tiene el sentido de devolverle el cuerpo al


individuo, de encarnar al sujeto de la semiosis; así, “el concepto de hábito como
actitud «energética», como disposición somática a la vez abstracta y concreta,
forma cristalizada de un esfuerzo muscular-mental previo, sugiere poderosa-
mente a un sujeto alcanzado por la actividad de los signos, a un sujeto física-
mente implicado o corporalmente comprometido en la producción de significa-
do, en la representación, en la autorrepresentación” (Scott, 2004).

Este tercer elemento convierte la relación de significación en una relación triádica, pues
el signo media entre el objeto y el interpretante, el interpretante relaciona el signo y el objeto, y el
objeto funda la relación entre el signo y el interpretante. Las personas somos sujetos semiósicos y
como tales siempre tenemos la posibilidad de crecimiento. Por ello los signos no se definen sólo
porque sustituyan a las cosas sino porque funcionan realmente como instrumentos que ponen el
universo al alcance de los intérpretes, pues hacen posible que pensemos también lo que no vemos
ni tocamos o ni siquiera nos imaginamos.
Las personas o intérpretes son portadores de interpretantes, de interpretaciones. El signo
crea algo en la mente del intérprete, y ese algo creado por el signo ha sido creado también de una
manera indirecta y relativa por el objeto del signo. En este sentido puede decirse que la aporta-
ción capital de Peirce consiste en poner de manifiesto que, si se acepta que los procesos de signifi-
cación son procesos de inferencia, ha de aceptarse también que la mayor parte de las veces esa
inferencia es de naturaleza hipotética o abductiva, en la terminología de Peirce, esto es, que im-
plica siempre una interpretación y tiene un cierto carácter de conjetura (Barrena y Nubiola, 2007).
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 37

Gráfico 4
Relaciones de significación
e
Peirc
para
lógico cambio de hábito

Interpretante energético esfuerzo Eco


muscular-mental

Peirce emocional sentimiento

Signo Objeto
representa al
mediador funda la
relación

La inicial definición de experiencia formulada por de Lauretis como proce-


so continuo por el cual se construye semiótica e históricamente la subjetivi-
dad, al tomar el concepto de hábito de Peirce en el sentido de resultado de una
serie de efectos de significado producidos en la semiosis, la llevó a precisar la
definición entendiendo la “experiencia como complejo de hábitos resultado de
la interacción semiótica del «mundo exterior» y del «mundo interior», engrana-
je continuo del yo o sujeto en la realidad social. Y puesto que consideramos al
sujeto y la realidad social como entidades de naturaleza semiótica, como «sig-
nos», la semiosis designa el proceso de sus efectos recíprocamente constituti-
vos” (288-289).
En ensayos posteriores como “La tecnología del género” de 1987 y “Sujetos
excéntricos”, escrito en 1987 y publicado por primera vez en 1990, de Lauretis
expande su concepción acerca del sujeto, haciendo siempre hincapié en el suje-
to descentrado y constituido, mas no constituyente, del posestructuralismo.
Ese sujeto, al ser conceptuado dentro de una óptica feminista, es constituido
en el género, pero también dentro de la experiencia de las relaciones de raza y
clase, “no unificado sino múltiple, no sólo dividido sino contradictorio” (de Lau-
retis, 1987).
En los ensayos citados se reconoce una consideración del sujeto en dos pla-
nos. En un primer plano se expone la crítica al sujeto entendido en sentido
esencialista. Este sentido es el que prevalece cuando se habla de la Mujer o
también cuando se alude a las mujeres en tanto seres históricos y reales como
sujetos generados. En el segundo plano aparece lo que denomina el sujeto del
feminismo, un sujeto que está aún en un nivel teórico y cuya definición está en
proceso, siendo una de las tareas del feminismo “crear nuevos espacios de
discurso, escribir de nuevo las narrativas culturales y definir los términos
desde «otro lugar» [que] no es un pasado mítico o distante o una utopía histó-
38 ANA MARÍA BACH

rica futura; es el otro lugar del discurso aquí y ahora, el punto ciego, el fuera
de campo de sus representaciones” (de Lauretis, 2000a: 62).
Cuando de Lauretis describe al sujeto generado toma y adapta los concep-
tos de tecnología del sexo de Michel Foucault y de ideología de Louis Althus-
ser. La adaptación de las tesis de ambos autores para fines feministas se hace
necesaria pues uno y otro padecieron justamente de una ceguera androcéntri-
ca hacia las diferencias sexuales y de género.
Por cierto, la búsqueda de una definición del sujeto del feminismo apunta a
disponer de una construcción teórica que permita entender los procesos carac-
terizados por la reflexión y la militancia feministas. En cierto sentido, puede
retomarse la definición de sujeto de Althusser. Es conveniente tener en cuenta
que para Teresa de Lauretis en la definición de ideología de Althusser se pue-
de reemplazar ideología por género, y llega al punto de afirmar que el género
es lo que algunos denominan “ideología”. Empero, mientras en la definición de
Althusser el sujeto está en la ideología y no se da cuenta de ello, en la del
feminismo el sujeto sabe de esta doble posición de estar y no estar dentro de la
ideología del género.
Para de Lauretis el sujeto del feminismo se genera en la tensión de la con-
tradicción y heteronomía que se da entre el espacio de los discursos dominan-
tes y ese “otro lugar”, ese otro espacio, lo que en el cine se denomina el “fuera
de campo”, el espacio que no se ve, pero que se deduce del encuadre. En “Suje-
tos excéntricos” avanza en la caracterización de este sujeto del feminismo, al
que denomina excéntrico. Tal sujeto puede ser la figura de un espacio concep-
tual y experiencial dentro de las contradicciones, afirmadas aunque no resuel-
tas, del campo social del aquí y el ahora. Pero si se está de acuerdo en que no
hay “un” feminismo, tampoco podrá haber un solo sujeto para los diversos
feminismos. Aun considerando algún feminismo en particular, los horizontes
culturales e históricos son tan variados que tampoco permiten que se defina
un único sujeto, ni siquiera una única figura a la cual llegar, ya que, al mismo
tiempo, no es intención de la autora bosquejar una construcción utópica a la
que tienda el feminismo.
Si tomamos en cuenta además que, como fue señalado, los sujetos están en
permanente proceso de construcción, advertiremos que las definiciones cam-
bian con el tiempo y los enfoques alternativos. Las diversas formas de concien-
cia feminista muestran su variabilidad en ejemplos como el que provee Moni-
que Wittig en Straight Mind (1992). Wittig caracteriza a las lesbianas en un
sentido distinto del habitual pues afirma que “las lesbianas no son mujeres”.
Al decir que las lesbianas no son mujeres en realidad parece pretender hacer
estallar la dicotomía varón/mujer. Los sujetos, para de Lauretis (2000b), “son
términos conceptuales, teóricos de una forma de conciencia feminista que pue-
de existir históricamente sólo en el «aquí y ahora» como conciencia de otra
cosa”. Las distintas posiciones de sujetos excéntricos se conforman a partir de
localizaciones críticas, alcanzadas “a través de prácticas de desplazamiento
EXPERIENCIAS: ¿MÍAS, NUESTRAS...?: EXPERIENCIAS Y SUBJETIVIDAD 39

político y personal, atravesando los límites entre identidad y comunidad socio-


sexual, entre cuerpos y discursos” (146). Ese sujeto excéntrico está situado en
“una posición crítica, distanciada, excéntrica respecto de la ideología del géne-
ro. Por eso lo he llamado un sujeto excéntrico, es decir, no inmune o externo al
género, pero autocrítico, distanciado, irónico, excedente-excéntrico” (154).
Se puede interpretar que este sujeto teórico, que está en ese espacio que no
es el centro, que se desplaza a un lugar de marginalidad que le otorga la posi-
bilidad de resistir políticamente, es una posición que puede ser alcanzada por
quienes hayan arribado a una conciencia feminista, pertenezcan o no a un
grupo feminista en particular. En este sentido, las feministas, aun las hetero-
sexuales, podrían estar comprendidas dentro de ese sujeto del feminismo. Quizá
de Lauretis no suscribiría esta última afirmación, pues en ella se manifiesta
la importancia de la visibilidad de las feministas lesbianas, que han sido mar-
ginadas por las feministas heterosexuales por lo menos casi hasta finales de
los años 80.
En efecto, históricamente ha habido una cierta tensión entre ambos femi-
nismos, ya que no figuraba entre los objetivos prioritarios de las heterosexua-
les dar visibilidad a la orientación sexual de las lesbianas, que estas últimas
querían fuese revindicada. Sin embargo, como tampoco hay uniformidad de
criterios en el interior de cada uno de estos feminismos, no podríamos hablar
de un feminismo lésbico ni de uno heterosexual. Por cierto, debe reconocerse
que si no se identifica la orientación sexual como una diferencia relevante, se
suele presuponer la heterosexualidad como norma no cuestionada, contribu-
yendo al ocultamiento de las temáticas lesbianas.
Una tendencia, no aceptada unánimemente, ha sido utilizar el término “les-
biana” como concepto genérico y metafórico. Este movimiento se ha interpre-
tado como otra de las varias acciones que redundan en el ocultamiento de las
diferencias entre las mujeres. Las tensiones entre diferentes corrientes femi-
nistas se han ido debilitando a partir de la década de 1990, época en que apa-
recen en escena otras vertientes teóricas, como los estudios de gays y lesbia-
nas, o la teoría queer con Teresa de Lauretis y Judith Butler como teóricas
fundacionales. A partir de ese momento, las diferencias conceptuales, nomina-
les y pragmáticas en el uso del término “lesbiana” se tornan importantes.6
Resumiendo las tesis de Teresa de Lauretis respecto de la experiencia y la
subjetividad, vemos que considera:

1) la experiencia como la designación del proceso continuo por el cual se cons-


truye semiótica e históricamente la subjetividad;
2) que la cuestión de la subjetividad femenina implica tratar las diversas vías,

6. Agradezco en este punto el intercambio de correos electrónicos con Maite Escudero.


40 ANA MARÍA BACH

experiencias, instituciones y prácticas con que cada ser humano se consti-


tuye en sujeto social y sujeto psíquico al mismo tiempo, y
3) que la experiencia se entiende como complejo de hábitos, resultado de la
interacción semiótica de los mundos exterior e interior, engranaje continuo
del yo o sujeto en la realidad social.

En las tres tesis la experiencia y la subjetividad son concebidas como pro-


cesos semióticos inextricablemente unidos, que constituyen a los sujetos so-
ciales y psíquicos. La semiótica resulta de importancia crucial porque es la
que le permite “encarnar” a ese sujeto, y de esta manera romper con la concep-
ción moderna de sujeto como una entidad abstracta.
Hasta acá las tesis no exhiben un carácter específicamente feminista sino
que podrían ser suscriptas por quienes formulan teorías en otros campos. Lo
que distingue a de Lauretis es que su ensayo “Semiótica y experiencia” se
puede considerar la piedra fundamental en la teorización de la experiencia
desde un punto de vista feminista, que ha inspirado numerosos trabajos ulte-
riores, constituyéndose en referencia obligada en la materia. Asimismo, su
noción de sujeto del feminismo como “sujeto excéntrico”, un sujeto desplazado
del centro y desde el cual es posible la resistencia, enuncia en una forma abre-
viada lo que tendrían que ser denominados, con mayor propiedad, los sujetos
de los feminismos.
En Teresa de Lauretis encontramos fundamentalmente dos acepciones del
término “experiencia”. La primera se refiere al proceso a través del cual se
construye la subjetividad en todos los seres sociales y la segunda representa el
complejo de efectos de significado, costumbres, disposiciones, asociaciones y
percepciones derivadas de la interacción semiótica de uno mismo con el mun-
do externo. Esa “constelación o configuración de efectos de significados que
llamo experiencia se modifica y se reconstituye constantemente en cada sujeto
mediante la continua interacción con la realidad social, una realidad que in-
cluye (especialmente para las mujeres) las relaciones sociales de género” (de
Lauretis, 2000d: 54).

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